jueves, 22 de junio de 2017

Cuando gobernar es comunicar
Nos fuimos acostumbrando a que los gobiernos se convirtieran en un programa más de la tele. Como si se tratara de la telenovela, extrañamos su falta cuando el presidente de turno omite el capítulo diario en que se dirige al pueblo por televisión. Muchos confunden comunicación con esa mediatización permanente del gobernante que, creyendo que debe ser la principal celebridad del país, responde obedientemente a las reglas del espectáculo, a las que somete la comunicación de su gobierno:

“La comunicación es todo” repiten insensatos en los despachos y en las oficinas de prensa, y la oración vuelve en recortes de diarios para orientar a los asesores que, desesperados por un título incómodo, salen a buscar consultores que inventen titulares alternativos y vean la forma de reemplazarlo. El circuito vuelve al despacho que, nunca conforme con la imagen que le devuelve la pantalla en que se mira, intentará modificarla. No considerará apagarla o mirar para otro lado porque el narcisismo de la política contemporánea la pone a mirarse compulsivamente en el estanque de aguas servidas donde circula un caudal de mensajes reciclados una y otra vez. Del despacho al asesor y a la oficina de prensa, al consultor, a los medios, a la oficina de prensa, al asesor, al despacho… para recomenzar varias veces el filtrado y reciclado de una información que llega al final del día sin oxígeno y oliendo a rancio. (del capítulo 1 de Política pop)

El apogeo y declive de gobiernos que construyeron su hegemonía desde los medios permite ponderar las fortalezas del régimen mediático pero, sobre todo, las debilidades del gobierno basado en la imagen. Como sabe bien la industria del espectáculo pero no termina de entender la política, lo que la celebridad tiene de intensidad lo tiene de fugacidad, por lo que no parece el mejor camino para construir la legitimidad que necesita un gobierno. Figuras que parecían eternas caen en el olvido, conquistas que se suponían permanentes se deshacen como las figuras de papel maché que las encarnaban, nombres que se creían imborrables se convierten en una calle cualquiera de los suburbios latinoamericanos.

Lo que no llega a explicarse desde la teoría política y el populismo, parece cobrar sentido si se intenta analizar desde las reglas del pop y la cultura de masas a la que acomodaron el discurso los líderes carismáticos del siglo XXI. De eso se trata este ensayo en el que intenté explicar el pop-ulismo latinoamericano como heredero de la política pop que apareció en Italia a fines del siglo pasado y desembarcó en Latinoamérica, caracterizada de ideología. Les dejo el prólogo, para empezar la conversa

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